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26 de octubre de 2026

Lulazo. Luis Inacio Lula da Silva ganó cómodo en una remontada histórica

El presidente consigue un cuarto mandato tras vencer a Flávio Bolsonaro con más de cuatro millones de votos. “Esta elección fue una derrota del negacionismo”, celebró.

Brasil detuvo a la extrema derecha, la puso en pausa. Bajó los decibeles de su violencia dialéctica, de su crueldad manifiesta, su xenofobia y su racismo, y transformó a Lula en presidente por un mandato más. El cuarto de su extensa y rica trayectoria política. Fue posible porque, entre el primer turno y el segundo, consiguió aumentar en más de 10 millones de votos su caudal electoral. Una avalancha de sufragios. También una bocanada de aire fresco recorre América Latina entre tanto trumpismo rancio y algorítmico, de redes cloacales más que sociales, donde el PT también dio su batalla cultural entre la primera vuelta y el balotaje. La remontada del histórico dirigente del PT se produjo y derrotó a Flavio Bolsonaro, como lo había hecho con su padre cuatro años antes. Pero su rival pidió la anulación de las elecciones. “Es imposible reconocer el resultado”. La página de la Justicia Electoral colocó una inscripción con los comicios resueltos: “Elección definida matemáticamente”. Faltaba todavía poco más del 3 por ciento de las urnas por escrutar. Los números casi cerrados eran 64.136.514 votos contra 59.767.869 de su rival. Una diferencia de 4.368.645 sufragios. En porcentajes: 51,70 por ciento contra 48,22 %. Con la voz tomada, Lula dijo sus primeras palabras: “Tenemos el menor número de abstenciones y voto nulo en la historia del país y tengo que agradecer a la militancia y al pueblo brasileño por su generosidad. A la generosidad de la juventud para defender la democracia”. Y agregó, de forma contundente: “Esta elección fue una derrota del negacionismo”. Además, dijo que “tuvimos que vencer la intromisión extranjera”, en relación a la denuncia del PT sobre el favoritismo de Meta por la extrema derecha. La fuerza de la movilización, de los ciudadanos de a pie, transversal y no ceñida a un sector social determinado, lo hizo posible. El oficialismo ganó por paliza en el Nordeste, pero también en Minas Gerais, en el centroeste del país, donde el perdedor había cerrado su campaña e incluso derrotado a Lula en el primer turno. Un estado clave porque se trata del segundo más poblado con algo más de 21 millones de habitantes, pero lejos de San Pablo que casi posee la misma población de Argentina. La victoria de Lula, con más luz que la estimada en los sondeos previos, en encuestas que mayoritariamente incluso siempre lo dieron por debajo, también fue letal para la credibilidad de ciertos consultores que indujeron el voto hacia la oposición de ultraderecha. El presidente argentino Javier Milei deberá desandar el camino del agravio, de una motosierra que empezó a quedarse sin filo y que la tijera de su amigo Bolsonaro intentó emular con su política de recorte al presupuesto social, o al estilo de estado destruido desde adentro. Con el triunfo del PT, es el Brasil movilizado que abre una ventana de ilusión a los países vecinos y que detiene el ímpetu de las usinas reaccionarias. Las de Milei, De la Espriella en Colombia, Bukele en El Salvador y, por supuesto, Trump y su secretario de Estado Marco Rubio. Particularidades de Brasil La elección tuvo una peculiaridad geográfica. Promediaba el escrutinio y Lula lideraba en solo una región de las cinco en que se divide el país: el Nordeste. Perdía en las restantes cuatro, incluso la más populosa del centroeste, donde están San Pablo, Río de Janeiro y Minas Gerais, los estados de mayor población. También caía, como finalmente sucedió, en el sur, por escasísimo margen en el norte y en el centro oeste, la zona más agropecuaria. A las 20.46, exactamente, el sitio de la justicia electoral que se actualizaba de manera sostenida y minuto a minuto, daba al presidente una diferencia que parecía consolidarse de más de dos puntos porcentuales con casi el 80 por ciento de las urnas escrutadas. Fue un momento clave, casi un parteaguas, y coincidió con las demostraciones callejeras vecinas a la avenida Paulista de los partidarios del histórico dirigente. La virada (remontada en español), hecha carne en el electorado y la militancia del PT, comenzaba a tomar forma. Aunque transcurridas dos horas después del cierre (a las 21), la diferencia de Lula sobre Flavio se extendía de a poquito, esa curva ascendente no permitía cantar victoria en el oficialismo. Todo estaba por definirse. No era decisiva la ventaja en comicios tan parejos, pero si ya hacía pensar que el pueblo brasileño cambiaría la tendencia histórica de que un perdedor en primera vuelta, podía debutar como ganador en la segunda. Lula fue el primero en batir un récord más. Un balotaje que, en términos futbolísticos, el periodista deportivo Dante Panzeri hubiera definido como “dinámica de lo impensado”. Un hecho inédito Cuando a las 17 se cerraron las urnas electrónicas y empezó el conteo, se produjo una distopía electoral. A las denuncias del oficialismo de que en dos grandes ciudades, San Pablo y Salvador de Bahía, había presunción de fraude por entorpecimiento de la votación –sobre todo por escasez de transporte–, siguió la prórroga de dos horas otorgada por el juez Cristiano Zanin, del Supremo Tribunal Federal (STF), la corte brasileña. ¿Qué había sucedido antes? El máximo responsable de la justicia electoral, Kassio Nunes Marques, un magistrado de vínculo estrecho con el bolsonarismo, había cerrado los comicios como estaba establecido. Pero de manera deliberada, ignoró un dato clave. Durmió por más de tres horas el pedido del presidente Lula para que se extendiera el horario hasta las 19. Entre Nunes Marques y Zanin, que dijo sí a la solicitud, medió una situación que dio paso a la confusión y el escrutinio quedó momentáneamente suspendido hasta que se cumplieran las dos horas. En el búnker del PT ubicado en el hotel Intercontinental, superpoblado por periodistas de distintas nacionalidades, hubo incertidumbre, preguntas sin respuestas y una vigilia que combinaba especulaciones con información no comprobada sobre la continuidad del proceso electoral. Finalmente, el conteo de los votos se reanudó y el porcentaje del 0,25 por ciento de los sufragios escrutados hasta la interrupción empezó a crecer de nuevo. Con Lula en la delantera, pero el exsenador Bolsonaro muy cerca en las cifras. El hijo del expresidente pasó al frente minutos antes de las 20 cuando venía abajo por alrededor de dos puntos desde la reanudación del escrutinio. Indicio, al fin, de la paridad de una elección que nunca fue tan reñida en la historia democrática de Brasil. Ni siquiera en 2022, cuando Lula enfrentó y superó a Jair Bolsonaro. El senador del Partido Liberal (PL) y coordinador de la campaña de Flavio señaló sobre la postergación: “El nivel de intervención de algunos magistrados del Supremo es impresionante”. Se refería a Zanin, que primero había concedido la extensión para Bahía y después para todo el territorio nacional. Desde el PT se argumentaba algo semejante sobre el papel que jugó Nunes Marques, un juez designado por Jair Bolsonaro en 2020 para que controlara la justicia electoral. El retraso que demoró la votación, inducido por el contrapunto entre dos magistrados, generó zozobra, disparó críticas cruzadas y prolongó la vigilia de un desenlace digno de una novela costumbrista de Jorge Amado. Un epílogo que parecía un partido de fútbol cambiante, donde Lula empezó adelante, lo pasó Bolsonaro y, casi una hora y media después de terminada la prórroga electoral, el presidente había retomado la delantera, como un buen definidor de área. Daba la sensación de que cualquiera pediría “la hora referí”, cuando los porcentajes los favorecían. Como fuere, se trató de una elección donde el protagonismo lo tuvo la gente común, los seres anónimos del Brasil profundo y marginal, en la amplia geografía de un país multicultural, donde Lula ha sido un personaje omnipresente desde finales de la dictadura. Un político con un recorrido como ganador o perdedor, pero que lo coloca en la historia más grande de nuestra América Latina.

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