En un país en donde ni siquiera hay acuerdo sobre si la pastafrola se debe rellenar con dulce de membrillo o de batata, hay un punto en el cual todos los sectores políticos, sociales y económicos coinciden: el sistema tributario debe ser modificado. Pero ese insólito consenso naufraga cuando el recorrido se detiene en el primer punto obvio del debate: cómo y para qué cambiar el esquema impositivo nacional.
El economista del IERAL Nadín Argañaz presentó un informe que pone en evidencia los elementos centrales del esquema tributario argento: "Si uno toma seis tributos del total de impuestos que se cobran en el país, esos seis tributos explican al 85% de la recaudación total del país. Y si uno toma diez tributos, son el 94% de la recaudación total. Hay una enorme concentración en pocos tributos", apuntó.
Al detallarlos, puntualizó que entre esos seis tributos están el IVA, Aportes patronales, Ganancias, Ingresos Brutos provincial, la Tasa Municipal que grava la facturación y el famoso Impuesto al Cheque.
Pese a su inconfesada militancia liberal, Argañaraz expuso como ninguno la mentira libertaria de su primera mitad de gobierno: "De 150 impuestos que tiene vigentes el país, el año pasado se sacaron solamente cinco, y obviamente ninguno de los que más recaudan”, escribió el economista.
Teléfono para Federico Sturzenegger.
Sistema injusto Ignacio Juncos es economista de la consultora OTES y estudia el complejo sistema de gravámenes desde hace tiempo: “Nosotros venimos analizando que un problema central del sistema tributario argentino es su falta de progresividad, es decir que se le cobre más a los que más tienen”, explica. “Una de las características centrales por lo que esto sucede es porque hay muchos impuestos indirectos, un gran porcentaje de la recaudación es por impuestos indirectos y un porcentaje menor por impuestos directos”, agrega.
El impuesto indirecto por antonomasia es el IVA. Se cobra un 21% al consumidor sin importar qué ingresos percibe. “Como los sectores de menores ingresos consumen una mayor proporción de sus recursos, terminan pagando proporcionalmente más en tributos”, explica Juncos. En cambio, los gravámenes directos son el impuesto al patrimonio (Bienes Personales) o a los ingresos (Ganancias). “En ese caso se le cobra al contribuyente según su capacidad de pago, según los bienes o dinero que posee”, agrega. “Una mayor preponderancia de los impuestos directos haría un sistema tributario más progresivo”, insiste.
Un ejemplo es ilustrativo al respecto: el empresario Marcos Galperin y un indigente pagan el mismo impuesto al momento de comprar un litro de leche, aunque en sus economías el impacto sea obviamente diferente.
¿Córdoba va? Pese a su afán diferenciador de cuanto gobierno nacional administra el país desde CABA, las cosas no andan mucho mejor en las tierras del cordobesismo. “El sistema tributario cordobés tiene un esquema similar en relación a los impuestos directos e indirectos, pero es un poco más marcado. Eso pasa en todas las provincias porque dependen de Ingresos Brutos, que es un impuesto indirecto que se cobra a los distintos sectores por los ingresos brutos que presentan. Funciona como el IVA, cargando al consumidor el impuesto”, explica Juncos.
Ingresos Brutos tiene la particularidad de que “la mayoría de la recaudación proviene del sector comercial”. Eso ocurre -explica el economista- porque las primeras etapas del proceso productivo están exentas de ese gravamen: “La lógica tributaria que se sigue es que si se paga en las primeras etapas del circuito productivo se va encadenando el valor y se aumenta el precio final. Es decir que para evitar que los productos pagados por el consumidor sean más caros, se cobra una sola vez en el final del proceso de conformación del precio del bien”.
En este esquema, sectores poderosos de la economía cordobesa como el agropecuario están exentos de abonar Ingresos Brutos para evitar que los productos sean más caros.
Es decir que, en Córdoba, al igual que sucede a nivel nacional, la recaudación depende del consumo y no de los recursos o bienes de los contribuyentes. Ergo, los impuestos que sostienen la recaudación son abonados por igual por los vecinos de una villa miseria o del country más exclusivo de la capital provincial.
Es lo que se denomina un sistema tributario regresivo. “En Córdoba se podrían aumentar las alícuotas del Impuesto Inmobiliario a quienes tengan muchas propiedades y/o cobrarles más impuestos directos a los sectores de mayores ingresos, por ejemplo, con el Impuesto Automotor. De esa manera se podría bajar Ingresos Brutos o avanzar en una devolución de algún otro impuesto a sectores de menores ingresos”, propone Juncos.
“También se podría pensar en un esquema de Ingresos Brutos en el cual el campo esté exento, pero solamente en el caso de que agregue valor al producto final”, agrega el economista. “Si vas a terminar produciendo harina de soja, la producción de poroto de soja debe estar exenta, pero si solamente producís poroto de soja podrías cobrarle, porque no se va a encadenar en el proceso el costo de ese impuesto”, amplía. De esa manera, el Estado cordobés impulsaría la industrialización y no la primarización de la economía, como ocurre en la actualidad.
El bucle infinito del ajuste La única ventaja que tiene ponerse viejo en Argentina es haber vivido varias veces la mentira del déficit fiscal y el ajuste y conocer sus consecuencias. El Gobierno libertario propone como verdad revelada el déficit cero y el pago irrestricto de la deuda externa y sobre esa base ejecuta un ajuste salvaje, que el propio presidente presenta orgulloso como “el más grande la humanidad”.
Al tener como principal fuente de financiamiento una estructura impositiva centrada en el consumo y no en los bienes, la caída de la actividad económica provoca una marcada merma en la recaudación. Lo que lleva a un nuevo ajuste, en un círculo más vicioso que virtuoso. "En el primer cuatrimestre de 2026, las jurisdicciones provinciales recibieron $ 21,9 billones, lo que representa una baja real del 5,7% frente al mismo período del año pasado. Se trata de la cuarta caída interanual consecutiva y la quinta en los últimos siete meses, consolidando una tendencia negativa en los recursos coparticipables", indicó una reciente investigación de la consultora "Politikon Chaco".
La caída de la recaudación nacional tiene su escenario en espejo a nivel local. La consultora cordobesa OTES presentó un informe en donde detalló que los recursos de origen provincial también cayeron un 3% en el primer trimestre del año.
La lógica es tan obvia que insulta la inteligencia: a menor actividad económica, menor recaudación; y a menor recaudación, más ajuste para pagar la deuda externa y garantizar el déficit cero. Así el ajuste se transforma en un bucle infinito, donde no es precisamente “la casta” la perjudicada, sino los salarios de los trabajadores estatales, el abandono de las rutas nacionales, la baja en las prestaciones de discapacidad, el desfinanciamiento de las universidades y la pauperización de los jubilados, por mencionar sólo a algunos sectores.
Una película que no por repetida pierde vigencia: se ajusta, cae la recaudación por la baja actividad económica, crece el déficit, se toma nueva deuda para financiar el déficit, los mercados piden más ajuste. Al final de la película no hay plata para pagar ni la deuda ni los gastos del Estado.
El mito de que se paga mucho Otro de los grandes mitos libertarios es la presión impositiva. “En Argentina no se pagan mayores impuestos que en otras partes del mundo, no es verdad. Es un valor a tono con Latinoamérica, Argentina no tiene uno de las presiones tributarias más altas del mundo”, aclara Juncos.
La propaganda oficial que dice que en Argentina se pagan muchos impuestos evita poner el foco en debate de fondo: quiénes pagan esos impuestos. El Diario.ar publicó un informe elaborado en base a la relación del nivel de ingresos con el PBI -según parámetros del FMI- y Argentina se ubicó en el puesto 43 del ranking sobre un total de 181 países relevados. A nivel latinoamericano quedó en el cuarto lugar, detrás de Cuba, Brasil y Uruguay. El informe arrojó otro dato al menos curioso: los países con menor presión tributaria son los más pobres o de menor desarrollo económico.
La verdadera batalla cultural en materia impositiva es debatir si el orden fiscal es aplicar un ajuste, bajar impuestos y reducir el gasto público o definir quién paga los impuestos, a quién se le cobra más y a qué se destina lo recaudado.
En ningún país del mundo la población es feliz pagando impuestos, pero en Argentina se instaló la idea de que los recursos del Estado están mal administrados o sólo alimentan la corrupción de “la casta”. Desde esa falsa premisa, tanto el presidente Javier Milei como su ahora ex jefe de gabinete exaltan la evasión fiscal como acto heroico. Pero no hay épica en las cascadas, los viajes, las mansiones y los flippers de Adorni: hay presunta corrupción. Y la deberá investigar el Poder Judicial. Fin.
Mattias Meragelman
- Periodista -
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